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Hoy voy ha comenzar el blog en serio, voy a insertar una imagen y poner uno de mis relatos.
Algún poema, nada personal, pero algo de lo que tengo escrito y que lo pueda leer la gente que
quiera entrar en mi blog.
Quiero empezar con el relato que tengo dedicado a mi padre, con el titulo que he puesto a la entrada
del blog: REMEMORANZAS.
REMEMORANZAS
Camina
con la espalda encorvada siguiendo el cauce del río, ya no es como lo recuerda,
todo está cambiado, ahora la gente viene a pasar el día para descansar y
relajarse del trabajo diario. Él ha venido con sus hijos después de dejarse
convencer.
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Anda
padre, vente, que vamos donde tú ibas a pescar. ¡Anímate!
Y aquí está, tantas cosas le
vienen a la cabeza que está aturdido, no sabe si por el viaje en el coche (han
tardado en llegar), o por tantos recuerdos como se le agolpan en la cabeza y le
aceleran el corazón.
Su
nieto llega corriendo y llamándole:
- ¡Abuelo, abuelo!
Llega a su lado y se coge de su
mano. Siente la suavidad de esa mano pequeña que se envuelve con la suya y
siente una gran ternura. ¡Lo adora!. Lo mira y empieza a contarle todo lo que
el río significa para él, como cuando era joven venía a pescar cangrejos y
truchas en este río que hoy contempla, y adivina por la fuerza y la suciedad de
las aguas que, hace poco ha habido una tormenta, y viendo sus ojos brillar por
el interés y la admiración que siente por él, se deja llevar por los recuerdos
y deja que surja su vida a través de sus palabras...
La tarde se dejaba sentir
pesada y agobiante, y aunque la proximidad del río aliviaba un poco el ambiente
sofocante, se adivinaba que se estaba fraguando una tormenta.
Peluso,
el burro, estaba inquieto y nervioso, y Curro, el perro, no tenía ni ganas de
ladrar. Había preparado los aperos de la pesca y echado los arquillos en los
sitios que su experiencia le hacían adivinar que era un buen sitio. Esperaba
hacer una buena tarde, era un lugar en el que el año anterior, cuando estuvo
haciendo la temporada, se le dio bien. Este año necesitaba tener una buena temporada para poder recuperarse
del invierno desastroso que habían tenido, apenas había podido trabajar y los
ahorros habían desaparecido, eran muchas bocas que alimentar y aunque las
hijas mayores ya echaban una mano
trabajando, todo era poco. Si hubiera tenido un hijo serían unos brazos más
para trabajar y una compañía para él en la temporada de pesca... pero eran
todas chicas. Aunque no se quejaba, habían nacido sanas y no habían tenido
problemas al criarse.
Siguió con la tarea de vigilar
los arquillos y la buena pesca casi hizo que se olvidara del bochorno. Tenía
las banastas casi llenas de hermosos cangrejos, de buena talla, en Sigüenza
seguro que los vendería a un buen precio. Era evidente que era un río que no
había sido castigado por los pescadores, poco conocido. Cuando vendiese los
cangrejos no comentaría a nadie donde los había pescado.
Cuando salió del cauce del río se dio cuenta de que tenía la tormenta
encima. Donde estaba, entre árboles y a la orilla del río, no se había dado
cuenta de como había empeorado el tiempo.
- Peluso, tendremos que levantar el hato.
¡Curro, aquí!. Nos vamos enseguida.
Mientras el hombre se dirigía
a los animales iba recogiendo el ato y la comida y metiéndolos en las alforjas.
Un relámpago iluminó el entorno como si fuera una culebra de luces. El trueno
se dejó oír casi al instante. El burro se asustó y rebuznó, dando un salto y
coceando, y el perro le ladró para que se tranquilizara y miró a su dueño
esperando una orden.
- Esto se pone feo Curro, hay que darse prisa y
salir de aquí enseguida.
El no era un hombre miedoso, no era la primera tormenta que pasaba en el
río, pero su instinto le avisaba que el
sitio era peligroso. Se estaba poniendo nervioso, pues veía que tenía la
tormenta encima y no le iba a dar tiempo de salir antes de que estallara.
Los
truenos y los relámpagos se sucedían sin
tregua, empezó a llover cayendo grandes y pesadas gotas, sentía que el agua le
chorreaba por la cabeza y le empapaba la camisa. En un momento la lluvia se
convirtió en diluvio. Estaba sacando los arquillos lo más rápidamente que
podía, no podía perderlos, y si se descuidaba la corriente se los llevaría. El
río bajaba con más caudal y las aguas se estaban enturbiando, habría descargado
antes por la parte alta y por eso crecía tan rápidamente. No veía con la
cortina de agua y casi a tientas recogía los palos de los arquillos. Le
faltaban un par de ellos que no recordaba donde los había
echado. Estaba entrándole pánico y se tranquilizó a si mismo:
- Calma Anselmo, cálmate, no es la primera vez
que te pilla una mala tormenta.
Sentía
el corazón latiéndole en los oídos como un tambor, se estaba engañando y corría
peligro. Dio por perdidos los arquillos que le faltaban y salió de la orilla.
Cargó al animal con las banastas, sin desatarlo, no fuese que se escapara al
asustarse de los truenos. Llamó al perro:
- En marcha Curro nos vamos de este infierno.
Eran
las seis de la tarde y parecía noche cerrada, sentía las sandalias
encharcadas y aunque el agua le chorreaba por todo su
cuerpo no tenía frío. El bochorno continuaba, faltaba bastante para que
terminase la tormenta.
Sujetaba
a Peluso con fuerza por el ramal y el cabezal, mientras trataba de orientarse
para salir al camino. Cuando llevaba unos minutos andando, comprendió que no
iba bien, pues ya tendría que haber salido al claro que había antes de salir al
camino. Oía el río bajar con las aguas encrespadas y sabía que se podría
desbordar en cualquier momento. ¡Tenía que salir de allí!. No era un hombre
creyente, pero sin pensar siquiera en lo que hacía sus labios susurraron una
oración:
-
Madre
de Dios, si es verdad que somos tus hijos, ayúdame a salir de aquí, por mis
hijas te
lo pido Señora, hazme ese favor.
Siguió andando buscando la
salida. Un rayo surcó la oscuridad y un árbol cayó abatido a unos metros de él,
surgieron llamas del tronco desgajado que fueron apagadas enseguida por la
lluvia, el ruido que hizo al caer fue ahogado por el estrépito del trueno. Con
la luz que produjo pudo ver una figura que venía en dirección a él. Se paró, no
podía dar crédito a sus ojos. Curro también debía estar asustado y con los
sentidos abotargados, pues no había detectado su presencia ladrando.
Sintió
que se le encogía el corazón. ¿Quién sería el que con este tiempo se atrevía
a andar
por esos parajes? ¿Sería otro desgraciado como él? Se paró esperando que
llegara a su lado y cuando llegó, o vislumbró que había llegado gracias a la
luz de los relámpagos, decidió preguntarle como salir de allí y proponerle unir
sus esfuerzos para lograrlo juntos.
A la luz de un relámpago, cuando
ya casi estaba a su lado, le pareció ver a una mujer y sintió que su corazón
dejaba de latir por un momento. Un escalofrío recorrió su cuerpo erizándole el
vello de toda su piel.
Una voz
suave y pausada, que demostraba que no estaba asustada por la situación, le
preguntó:
- ¿Qué ocurre buen hombre? ¿Se ha perdido?
El
corazón recobró su ritmo. Parecía una mujer joven y agradable, no tenía porqué
estar asustado.
- Me he desorientado con la tormenta y no
consigo salir al camino con esta oscuridad.
La
mujer con naturalidad le contestó:
-
Va
usted en dirección equivocada, vuelva sobre sus pasos y a unos cien metros gire
a su derecha y suba la cuesta que encontrará. No le importe trepar aunque sea
malo el camino, el río se va a desbordar y estará usted seguro en el cerro.
- ¿Usted no viene también?
La voz
de la mujer se dulcificó aún más y le dijo:
- No, yo debo volver a mi casa, que tenga un
buen día y quede tranquilo, no le pasará nada.
Le dio las gracias y ella siguió
su camino. Él, dando la vuelta al animal, volvió sobre sus pasos e hizo lo que
la mujer le había dicho.
Pasó la noche en una cabaña. No le gustaba aquella
zona, los pastores le habían avisado que
por allí en las noches oscuras paseaba
la Santa compaña y desde luego él no tenía ninguna gana de encontrársela y
mucho menos de seguirla, todavía le
necesitaban en su casa y tenia que hacer muchas cosas antes de abandonar este
mundo. Los pastores decían que quien la veía se sentía obligado a seguirla. El
no creía mucho en esas cosas, pero desde que le rezó al ánima despertadora
cuando tuvo miedo a dormirse, un día que tenía que levantarse de madrugada, y
lo llamó por su nombre a la hora que él le pidió, ya se toma estas cosas con
cierto respeto. Aún sigue pidiendo que
lo despierte cuando lo necesita, pero le dice que no lo llame por su nombre,
sólo que lo despierte. Sintió miedo cuando oyó su nombre, llamándole con una
voz tan fina y lejana, le impresionó bastante no lo puede negar.
No
durmió apenas y al día siguiente decidió acercarse hasta Sigüenza para
reponerse.
Se
hospedo encima del bar donde solía vender los cangrejos, el dueño ya le conocía
y no le cobraba por pasar unas horas descansando cuando pasaba por allí,
Estaba
tan cansado que decidió pasar dos días para recuperarse y reponer el equipo,
tenía que secar las mantas y comprobar lo que necesitaba.
Tuvo
pesadillas, alguien le pedía que volviese a casa, que tenía que volver...
Despertó angustiado y decidió que se iría,
todo parecía tan real en el sueño que no iba a estar tranquilo hasta que
comprobase con sus propios ojos que todo iba bien.
En casa no le esperaban aun, se
había marchado por dos semanas, pero ya
se inventaría algo para justificar su pronto regreso. No quería quedar como un
tonto diciendo lo que le había pasado.
.Llegó dos días después, todo
estaba tranquilo, no contó a nadie lo
que le había pasado y cuando ya tenía
todo preparado para irse de nuevo, su padre cayó enfermo y no se fue. Murió a
los dos días. Todavía se le pone la carne de gallina cuando recuerda estas
cosas.
Sintió la mano de su nieto apretar la suya y
le miró. Sus ojos estaban expectantes e interesados. Se había quedado callado,
ensimismado mirando el río, y su nieto le animaba para que continuase:
- ¡Sigue
abuelo! ¿Y qué más te pasó?
Y Anselmo continuó la historia...
Cuando
regrese a pescar fui por la zona de Soria.
En los ríos Lobo y Ucero, en ese paraje el tiempo se había asentado, y
había bastantes cangrejos y poca competencia.
Llevaba tres días pescando por esa zona, cuando una mañana escuché ruidos de coches y voces no
habituales en aquellos parajes. Estaba acostumbrado a los ruidos del campo y a
los que hacían sus animales. Prestó atención sorprendido, a veces venían
pescadores y cazadores, pero en esta ocasión parecía demasiada gente.
¿Qué
pasaría? ¿Estarían haciendo una redada? Aún decían que
había maquis por la comarca. El no se enteraba de nada aislado como
estaba. Esperaría a ver. Vio acercarse a un hombre joven, muy alto y fuerte,
que por su aspecto y su forma de vestir debía ser alguien importante. No le
gustó, significaba complicaciones. Le había visto y se dirigía hacia él:
- Buenos días - dijo el hombre.
Contestó
con respeto y algo de temor:
- Buenos días señor.
El
hombre prosiguió muy serio:
- ¿Es usted de por aquí?
- No, no señor – contestó muy rápidamente.
- ¿Podría identificarse?
- Sí, sí, claro. Me llamo Anselmo...
El
hombre no le dejó continuar:
- ¿Me enseña el carnet de identidad?
- Sí claro, permita que lo vaya a buscar.
El hombre lo siguió mientras él
se dirigía donde tenía sus cosas. Mientras andaba el hombre le preguntó:
- ¿Está usted solo?
Él
contestó con respeto, mientras veía como otros hombres iban acercándose y
mirando por todos los sitios como si buscasen algo:
- Estoy pescando, pero tengo la licencia en
orden, se la enseñaré si quiere.
El
hombre contestó:
- No, sólo enséñeme el carnet, con eso bastará.
Buscó
su chaqueta y sacó la cartera donde tenía todos los papeles y cogiendo el
carnet se lo entregó al hombre. Comprobó
sus datos y le miró al ver la fotografía, pareció conforme y cogiendo el
carnet, le ordenó esperar ahí sin
moverse. Dijo que volvería enseguida y recalcó:
- No se mueva de aquí hasta que vuelva.
Bien,
esperaría. No parecía prudente no hacer caso, viendo toda la gente que andaba
por allí. No tuvo que esperar mucho, el hombre volvió enseguida y al devolverle
el carnet le dijo:
-
Tendrá que coger sus cosas e irse más arriba
por hoy, pues aquí no se puede quedar. Han venido a cazar unos señores muy
importantes y no puede estar aquí.
Sintió
que le ardía la sangre de rabia, pero sabía que no podía hacer nada, se mordió
los labios y tragándose la rabia asintió. Recogió los arquillos que tenía
echados y cogiendo lo que necesitaba
para el día se fue donde le
habían dicho que podía quedarse.
A la
caída de la tarde, cuando se estaba preparando la cena, sintió que alguien se
acercaba, era el hombre que vio por la mañana:
-
Buenas
tardes buen hombre, ya nos vamos. Puede volver usted donde estaba cuando quiera.
¿Qué tal se dio el día?
Anselmo
contestó amablemente, ese hombre no debía tener la culpa, sería un mandao:
- No se dio mal del todo.
- ¿Me vendería unos cangrejos?
Se
quedó sorprendido, no esperaba esto:
- Usted dirá los que quiere, para eso estamos.
- Bueno, enséñemelos y veamos, según sean.
Se
acercó a las banastas seguido por el hombre, y quitando la tela de saco que
tenía atada se los enseñó. Los cangrejos eran de buen tamaño, aunque los tenía
revueltos, no los había separado por tamaños todavía. Esto lo hacía cuando los
iba a vender.
El
hombre mirándolos le dijo:
- Póngame cuatro o cinco quilos de los grandes.
Se fue
a por la romana para pesarlos, y como ya se le había pasado la rabia de la
mañana, habló con el hombre:
- ¿Se ha dado bien el día de caza?
- No se ha dado mal.. - Y con tono zumbón continuó:
- Cuando se ponen a huevo las piezas, se caza
bien.
Anselmo
no hizo ningún comentario, pero se quedó sorprendido y dejó que el otro hombre
hablase.
-
Bueno
hombre, pues parece que usted no ha perdido el tiempo. Los cangrejos son
grandes. Se queda usted por aquí todavía, ¿no?.
-
Sí,
quizá pasado mañana vaya a Sigüenza. Si sigue la buena racha, mañana ya no
tengo que ir. Vendí la pesca pronto, ¿no? - bromeó.
El
hombre echó mano a su bolsillo y sacando la cartera la abrió y sacando unos
billetes, sin preguntar cuanto eran los cangrejos, se los puso en la mano
diciendo:
- ¿Está bien así?
Esperó
su contestación, con la cartera abierta, como si hubiese que darle más todavía.
- Sí, sí, pero no es tanto, tengo que
devolverle...
-
No,
déjelo así. Por las molestias que le hemos ocasionado, y además, allí en la
capital estos cangrejos valen eso, así que no piense que le damos propina. ¿De
acuerdo?
- Bueno, si usted lo dice. Hice buena venta hoy,
sin moverme del río.
- Pues nada, lo dicho, a seguir bien y quede
usted con Dios, buen hombre.
- Adiós señor.
De su
boca no salió gracias, aunque sabía
que debía darlas, pero se mordió la lengua y se hizo el despistado.
Recuerda
aquel verano como el que marcó su vida. Desde entonces empezaron a mejorar las
cosas y a tener más comodidades en casa.
Al
cabo de algunos años, supo quien era el hombre que había visto ese día bajar
del coche y por el que tuvo que irse a otro sitio. Lo vio en los periódicos y
en la televisión cuando fue víctima de un famoso atentado terrorista.
Aunque
todos dicen que hoy van las cosas hacia atrás como los cangrejos, por muy mal
dadas que vengan, no cree, ni desea, que nadie pase por las calamidades que él
pasó. Todavía recuerda la petición que
le hizo a la Virgen( aunque no era creyente)
la oportuna aparición de aquella joven esta seguro que fue en respuesta a su plegaria el día de aquella tormenta tan mala. Hoy el río baja tan rojo como entonces. Tiene tantos recuerdos.... Ha pasado tantas
calamidades que si no hubiese tenido un
Ángel de la guarda ó algún espíritu
protector no cree que hubiera resistido tanto.
Y aquí esta, viejo y con su nieto de la mano
que le escucha con admiración y cariño. ¡Es tan niño...! Le da una palmadita en
la espalda y le dice:
- ¿Volvemos
con tu madre?
Y dando la vuelta, regresan caminando despacio
donde les espera su hija.
Toñi Valentín