Lunes 28 -04- 2014
Hoy voy a comentar algo... Ya he terminado las clases de informática que nos impartía Mercedes. Ahora ya voy por libre. Nos ha servido bastante lo que nos ha enseñado, y además nos ha dado su correo por si necesitamos consultar alguna duda, que las habrá, seguro.
Me he propuesto escribir al menos una vez por semana, aunque ya comente que soy más lectora que escritora. !Y hay tanto para leer!Que no me va ha dar la vida.
Me gusta vivir también a mi. No solo lo que te hacen vivir lo libros.son un escape estupendo para evadirse sin salir de casa y conocer nuevos sitios, historias,culturas, sin tener que viajar.Por supuesto eso no suple los viajes y la experiencia de viajar personalmente, es más gratificante si puedes hacerlo. vivir tus propias historias y aventuras, que siempre surgen en los viajes: anécdotas y situaciones que a lo mejor en ese momento te agobian y te ponen de los nervios, pero que después cuando las recuerdas en la distancia te hacen reir. aunque sea con la risa nerviosa del mal rato que pasaste.
Si eres de los que les gusta echar tropecientas fotos... Bueno está bien tener un recuerdo. Pero lo más importante es verlo con tus propios ojos y disfrutar ese momento de eso que estas viendo," tu disco duro"de la memoria, también funciona. déjale que trabaje, saca menos fotos, disfruta, y vive el momento que quizás no vuelvas a ese lugar que te parece paradisíaco...
Ahora voy a colgar un relato mio, un poco más largo. Espero que os guste.
EL PASAJERO DE LAS NUBES
“¡Ah, si todo pudiera
comenzar otra vez
de un solo golpe; de una
pura y simple palabra!
Yo entonces volvería
Cantando por el bosque
y al pie de aquella encina.”
José Agustín Goytisolo
Está tumbado mirando al cielo. Le gusta ver las
nubes en lo alto, e imaginar cómo será la tierra y las cosas vistas desde allá
arriba. A veces, por las formas que tienen las nubes se asemejan animales y
cosas realmente bonitas. Disfruta mirándolas y hace que su mente se relaje y no
piense en cosas desagradables. Sueña en cómo se vera desde arriba el pueblo, el
castillo, Santo Domingo, todo el entorno de su pueblo: Cifuentes, se siente
arraigado a él, le gusta, es bonito y tranquilo, todos se conocen y eso le da confianza. Hoy
no podrá comentar a Elena, la hija de su vecina, las formas de las nubes, ya
que no ha visto nada raro. También a la niña le gusta mirar las nubes y las
formas tan lindas que toman a menudo. Ahora van más deprisa, se ha levantado
aire. Debe ser tarde ya, se ha tumbado un rato a descansar después de varias
horas trabajando la tierra. Estaba tan cansado que no ha notado el paso del
tiempo.
Se ha quedado frío. Toma impulso para levantarse y
no hace caso de la pereza que invade su cuerpo. Tendrá que darse prisa, si no
quiere enfadar a su padre. A él no le gusta cenar tarde e instintivamente
piensa qué va a hacer de cenar. No es que haya mucho para elegir, pero desde
que trabaja en la reforestación andan bien económicamente y pueden comer mejor.
Ha conocido épocas peores cuando vivía su madre y la
pobre tenía que privarse del pan para dárselo a él porque no había. ¡Le han
contado tantas penalidades! Aunque él no las recuerda todas.
Sintió nostalgia de su madre y el corazón se le
encogió de pena y angustia al recordarla. Ya iba a hacer dos años de su pérdida
y no lograba acostumbrarse a su falta. No era por la comodidad de encontrarse
todo hecho, pues mientras estuvo enferma él se encargó de todo y la cuidó pero
al menos tenía su presencia, su cariño, su voz y sobre todo su ternura de
madre. Cómo la añoraba.
Su padre, sin embargo, es un extraño para él, nunca
ha tenido un gesto de cariño ni una palabra amable; no mantienen nunca una
conversación hilvanada, sólo monosílabos, órdenes y enfados. Aunque no le ha
pegado ni siquiera cuando era niño. Ahora cada día se le hace más dura la
convivencia con él, mientras estaba la madre lo sobrellevaba mejor, ella lo
hacía todo más fácil.
Estaba pensando hablar con su hermano para compartir
el cuidado de su padre. Aunque no veía solución: su hermano estaba casado y
vivía en otro barrio del pueblo. Él vivía en el domicilio paterno y a su padre
no le agradaba irse de su casa, por lo que estaba claro: él tendría que
cuidarlo.
Si no fuese tan cobarde quizá ya estaría casado
también. Tenía veinticinco años, aunque aparentaba menos. Sus facciones eran
finas para ser hombre, por lo que le llamaban “Marianín”. Era alto y
corpulento, pero estaba su maldita timidez, no se atrevía a hablar con las
chicas, tenía miedo al ridículo. Hubo una temporada que se pensó que era
“afeminado”, pero ya pasó. Sí, sí le gustaban las chicas, ninguna
especialmente. No obstante, había dos chicas que si él se decidiera a hablarles
saldrían con él, pero no osaba mirarlas porque se ponía rojo de vergüenza
cuando ellas le miraban e incluso se le trababa la lengua si estaba con sus
amigos.
Alguno de sus amigos ya estaban casados, y otros con
novia, excepto Ginés que no se decidía a abordar a las chicas por su
tartamudez. Bromeaban sobre ello, que lo que le pasaba es que tenía miedo a
enfrentarse a una mujer, no dándole
importancia a su defecto; Ginés era alto y bien parecido.
- A lo mejor no les importa a las
chicas, tú decídete a hablar con ellas a ver qué pasa.
Ginés decía que era tan hombre como el que más
e iba a cumplir en la cama como un macho, ¡anda que no tenía ganas de hembra ni
“ná” Si no que se lo preguntaran a la Consuelo cuando iba a visitarla para
desahogarse, aunque su buen dinero le costaba.
Ni Ginés, ni Mariano iban al baile, para qué, no
sabían bailar. Iban todos los amigos a tomar una copa antes de que se cerrara
el baile porque ya no se tenía que pagar la entrada. Cotilleaban para ponerse
al día comentando cómo se estaban poniendo las chicas de buenas y guapas. Así
que se tomaban el chato de rigor y se marchaban a casa.
Llegó a casa cuando ya era de noche, llamó a su
padre, recogió y subió al piso de arriba donde estaba la vivienda. Entró en la
cocina y allí estaba su padre al calor de la lumbre esperándolo para que
hiciera la cena; le saludó con un ¿qué hay? y él soltó un gruñido, estaba
molesto, quería cenar.
No hacía nada, no oía la radio, ni ponía la tele,
cómo podría estar tantas horas sin hacer nada. Por las mañanas se sentaba a la
puerta de casa si hacía buen tiempo o se entretenía viendo jugar a las cartas
en la solana mientras tomaba el sol.
Mariano le preguntó a su padre cómo había pasado el
día y si había venido Elena a traer el pan, aunque ya lo había visto en la
bolsa. “Sí ha venido” contestó enfadado. A su padre le molestaba que fuera la
niña porque era muy parlanchina y vivaracha y hacía que él contestara a sus
preguntas, así que procuraba no estar cuando iba.
Elena se encargaba de comprarles el pan todos los
días desde que falleció su madre. La niña tenía doce años, a veces arreglaba la casa y fregaba los
cacharros que su padre había ensuciado. Lo hacía por ayudarlo a él, era un
encanto. Le gustaba leer; leía tebeos y libros que cogía de la biblioteca, después
los comentaba con Mariano, hasta había conseguido que él se aficionase a la
lectura. Sus días así eran menos solitarios y largos.
Con Elena siempre tenía tema de conversación, la
quería mucho, no quería pensar o analizar sus sentimientos hacia ella. Tenía
trece años y él veinticinco. El carácter de Elena era abierto y alegre, pero
pese a sus trece años, era una mujercita madura y responsable. Aparentaba tener
más años de los que realmente tenía. Él se siente cómodo y a gusto a su lado y
piensa lo fácil que sería compartir la vida con ella a su lado. Sin embargo, su
edad hace que lo vea imposible.
¿Por qué no habría nacido antes? Está seguro de que
Elena es su otra mitad, quizá dentro de unos años, cuando ella sea mayor, él se
decida a hablarle de sus sentimientos. Está convencido que si ella no encuentra
a otro, podría enamorarse de él, ¿por qué no? Hay matrimonios que se llevan
esos años y más. Esperará. No perderá la esperanza.
Ese día su padre amaneció con fiebre. Mariano tuvo
que quedarse en casa para cuidarlo. Su padre empezó a quejarse y a protestar
cuando le llevó el desayuno a la cama. Nada estaba a su gusto, tenía frío y le
dolía todo el cuerpo. Mariano le echó otra manta y le preguntó si quería que
llamase al médico. Su padre empezó a despotricar y a decir que no necesitaba
ningún matasanos que cuando se fuera a morir ya lo avisaría para que lo
rematase. Casi se alegró, así podría escuchar la radio en la cocina, ya que a
su padre le molestaba que la pusiese.
Mientras oía la radio cogió un libro que había
tomado de la biblioteca. Y leyó, había descubierto la generación del 27:
Machado, Aleixandre, Lorca, Alberti, Darío… Todos le gustaban. Es feliz cuando
lee aunque luego siente más el vacío y la nostalgia del amor no sentido y
añorado. ¡Cómo quisiera expresarse él como ellos! Ha descubierto otros mundos y
formas de vida. Se ha rebelado contra la injusticia y la desigualdad con
Steinbeck, ha sido aventurero con Humboldt, ha viajado por todos los
continentes sin moverse de esa pequeña cocina, su transporte: un libro.
Por la tarde, Elena y su madre han pasado por casa
para visitar a su padre enfermo, y mientras ellos hablaban, Elena le ha hecho
compañía en la cocina.
-¿Te has enterado de que han disparado al Papa en
Fátima?-comentó Elena.
-Sí, lo he oído en la radio- dijo Mariano con
pesadumbre- no sé quién querrá hacerle daño, parece un buen hombre. Es el Papa
más joven que ha tenido la Iglesia en muchos años, quizá no le caía bien a
alguien, quería hacer reformas dentro de
la Iglesia. Se ha implicado en la política de la URSS, no sé, el mundo esta un
poco loco, la verdad.
Elena miró el
libro abierto que había encima de la silla y exclamó la suerte que tenía de
poder leer toda la tarde. Mariano contestó que aún así tenía que soportar el
mal genio de su padre. Elena calló un momento y murmuró que su padre también
tenía mal carácter pero algún día se marcharía a trabajar a Madrid.
Mariano se la quedó mirando incrédulo, ya con esa edad demostraba ese arrojo que a
él le falta. Pero cuando piensa en la gran ciudad, le entra agobio y lo olvida.
Elena se dio cuenta de que no tenía que haber dicho
eso. Intentó cambiar de tema.
-
¿Has visto alguna nube especial?
-
No, hoy no he tenido tiempo de
mirarlas. He disfrutado leyendo-
contestó Mariano.
De repente la madre de Elena entró en la cocina,
ella se despidió y se marcharon. Las palabras de Elena se le quedaron grabadas
hurgando en su interior. Eso es lo que tendría que haber hecho él
hace tiempo. Pero le ataba la
casa, su padre, dejar todo lo que conocía y ante todo su timidez.
Se acostó con dolor de cabeza y ganas de llorar,
durmió mal, la idea de irse le rondaba por la mente. A la mañana siguiente, ya
había decidido lo que iba a hacer: ir a trabajar a Madrid. Conocía a gente del
pueblo que vivía allí y les iba bastante bien. Elena le había dado el empujón
que necesitaba. Apenas es una jovencita y tiene las ideas claras.
¿Qué pensará de él? Un hombre, y aguantando ese
carácter irascible de su padre sin decidirse a irse de casa, a independizarse.
Se lo comentó a Elena cuando la vio un día a solas.
-Me voy a ir a Madrid a trabajar después de las
fiestas de Septiembre.
Elena quiso saberlo todo, le hizo preguntas, pero
muchas de ellas quedaban sin respuesta. No obstante, y a pesar de las dudas que
Elena ha sembrado en su espíritu la sola idea de perder de vista a su padre le
anima a ello. Quizás así pase el tiempo más deprisa y Elena crezca sin tener él
que verla hacerse una mujer día a día, callando sus sentimientos.
Lejos le será
más fácil la espera y ella se convertirá en la mujer que ya apunta ser.
Las nubes los
unirán en la distancia.
Se ha quedado muy preocupada cuando mariano le ha
dicho que se iba a Madrid.
Se dio cuenta que no tenía que haberle dicho los
planes que tenia. Lo hizo de forma espontanea, no lo pensó, quiso animarlo al
verlo tan disgustado con su padre, que viese que no era él solo quien sufría en
casa. Se lo notó en la cara, pero ya era tarde, ya lo había dicho.
Ella pensaba que él sufría porque quería. Sabe que
le cuesta tomar decisiones que lleven cambios. Pero cuando ella se hubiese ido
lo habría animado a marcharse, así se podrían acompañar y apoyarse juntos. Y hoy le sale con esas. ¿No puede
esperarse un poco más, que ella termine sus estudios y puedan irse al mismo tiempo?
Para eso están los amigos ¿No?
Esta disgustada y no sabe con quien compartir sus
dudas. A su madre ni pensarlo.
A sus amigas: seguro que se reirán de ella y le
tomaran el pelo diciendo que si esta por él. No quiere analizar sus
sentimientos. Quiere a Mariano pero es que siempre ha estado ahí, es guapo y
buen chico pero es como… Un hermano mayor o como un tío, pero ante todo es un
amigo. Solo sabe que lo echará de menos y que le preocupa lo que le pueda
suceder. Hoy por hoy eso es lo que piensa y siente. No lo ve como a los chicos
del colegio. Que si hay alguno que le hace tilín, pero es muy joven aún para ir
tonteando. Tiene que terminar sus estudios antes que pensar en novios. Además
su padre la mataría si se enteraba que iba tonteando con chicos, como hacen
otras con su edad.
Las fiestas ya han pasado. Camino de Madrid en un
autobús renqueante, todavía recuerda las palabras insultantes de su padre
cuando le despidió.
“Ya volverás ya, con el rabo entre las piernas. ¡Tú
no vales para la vida de la ciudad! Allí hay que echarle cojones, y tú no los
tienes, eres un miedoso, te encoges ante todo lo nuevo. Vete, vete, pero a lo
mejor cuando digas que te vuelves tienes la puerta cerrada. ¡Ahora me dejas eh!
Al señor se le ha metido en la cabeza que en Madrid estará mejor. ¡Pues hala,
márchate y no vuelvas!
Estaba furioso, no pensó que iba en serio cuando se
lo dijo hacía dos meses.
Elena trató de convencerlo de que esperará, que no
se fuese aún. Que aguantase y así ella se iría cuando cumpliese los catorce y
podrían hablar, por teléfono y visitar Madrid juntos.
Allí nadie los conocía, ni murmurarian cosas que no
eran ciertas, aunque los viesen juntos. Podrían decir que eran familia. Nadie
se metía en la vida de nadie.
No lo ha convencido, tiene que demostrar que él
puede. Que es capaz de buscarse la vida fuera del pueblo.
Elena se ha quedado triste. Mariano no ha querido
quedarse y esperarla. Tienen una relación de amistad que sus amigas no
entienden.
Seis meses después en Madrid, trabaja como albañil,
es un trabajo duro y aún no ha logrado adaptarse a él. Trata de salir adelante,
está cansado, muy cansado, reconoce que no puede vivir tampoco en este lugar,
no logra encontrar la armonía que su espíritu necesita, no ya para ser feliz,
cosa imposible, sino para sentirse mínimamente bien.
Continúa con su timidez a la hora de hablar con
personas de fuera de su ambiente familiar. Le hubiese gustado trabajar en
librerías o en alguna redacción de periódico, pero es demasiado mayor para entrar
de aprendiz y tampoco tiene los estudios necesarios.
Hoy se ha despertado para ir a trabajar como cada
mañana, ha ido a levantarse y no ha podido. Está agotado, la patrona al ver que
no había recogido el almuerzo ha pasado a la habitación; al ver su estado ha
llamado al médico. Le han diagnosticado agotamiento nervioso.
No puede con su cuerpo, manda órdenes a su cabeza
pero éste no le obedece, es como si las fuerzas le hubiesen abandonado, sus
miembros parecen de trapo, no le sostienen.
¿Por qué le tiene que pasar esto a él? ¿Por qué no
puede conformarse con lo que es y con lo que le rodea? ¿Por qué no ha podido
tener una formación más completa para acceder al trabajo que desea? ¿Ha llegado
al mundo pronto o tarde?
Se siente acorralado, ha intentado estudiar por las
noches para así tener el nivel necesario y trabajar en lo que le gusta. Pero
ahí está, tumbado en la cama sin poder moverse.
Lleva una semana en la cama, en la pequeña
habitación de la pensión. No le queda apenas dinero, la patrona lo trata bien
¿Qué va a hacer? No quiere volver al pueblo, se acuerda de Elena, qué bien lo
conocía, debía haber sopesado los inconvenientes y las dudas que le planteó
¿Por qué no la escuchó, habría sido todo diferente? No quiere volver fracasado
y enfermo, enfermo ¿de qué?, de pena, de inseguridad, nada le sale bien. Las palabras de su padre resuenan en sus oídos
llamándolo inútil y que regresaría con
el rabo entre las piernas. Ya volverás ya.
La patrona ha abierto la puerta, finge estar dormido, no tiene ganas de
hablar. Cierra la puerta y se va con cuidado. Escucha voces en la cocina, ella
habla con su marido y éste comenta:
-
Habrá que avisar a la familia. Esto
se está alargando y nosotros no podemos atenderlo. Esto no es un sanatorio y tú
con encargarte de la casa y de los demás huéspedes tienes bastante. Como para
hacer de enfermera de alguien que no sabes cuánto va a tardar en recuperarse.
Así que tú verás: o llamas tú o lo hago yo, y que vengan a buscarlo…
No quiere seguir escuchando, se oye la voz de la
patrona en un tono más bajo. Sólo oye los latidos de su corazón en las sienes y
haciendo eco por todo su cuerpo, por el es fuerzo que se obliga a hacer para
levantarse. Se va a poner las zapatillas que tiene al lado de la mesita, pero
cambia de idea. Va hacia la ventana, se asoma. Hace un día precioso, ya ha
llegado la primavera. Abre la ventana con cuidado y mira el paisaje desolador
que se le ofrece a los ojos: un patio interior visto desde el tercer piso con
chismes viejos y ropa tendida. Los olores que suben de las cocinas le revuelven
el estómago. Sigue mirando. Alza un pie con gran esfuerzo y lo apoya sobre el
marco de la ventana, se sienta a horcajadas sobre ella, pasa la otra pierna y
se deja vencer con gran suavidad… Se siente bien no tiene que sostener su
cuerpo, ya nunca tendrá que sostenerlo más. Cae muy rápido. Ha oído un ruido
muy fuerte y ha sentido un dolor agudo que no logra localizar, es general,
pero, se le ha pasado enseguida. Se halla tumbado en el suelo, siente frío y
voces durante unos segundos… Más tarde no oye nada. Sus ojos ven las nubes allá
arriba, se ven suaves y blancas, pasan despacio, están esperándolo para viajar
en ellas. Quizás Elena vea esa nube y él pueda verla a ella, arriba en el castillo de su pueblo, por última vez,
viajando en las nubes.
Mª Antonia Valentín