MARCIANO Y TÁRSILA
– Sí,
sí, éstas me van a engañar a mí, que sabe el diablo más por viejo que por
diablo. La cartilla del Banco no la ve ninguno mientras yo viva.
– Qué crees,
que éstos no nos van a sangrar, mientras estemos aquí en su casa… ¡Menudos
son!, “veníos a casa, así yo podré atenderos mejor mientras madre esté mala”,
como que nos lo van a hacer gratis.
–
Marciano, calla, que te van a oír, que estamos en su casa y ellos están ahí al
lado. Que son tus hijos por Dios. Cálmate, nadie te pedirá nada. Los chicos sólo
quieren que me ponga bien y después nos
volvemos a casa, pero reconoce que ahora necesitamos ayuda.
– Ya,
ya, pues mientras yo viva, éstos desde luego que no ven un duro, y aún pienso
dar mucha guerra. Nunca los he necesitado, así que se arreglen como puedan
Tarsi, que tú te vas a poner buena enseguida, y nos vamos a nuestra casa, que
éstos son unos cuervos.
– ¡Nunca
nos exigieron nada Marciano! Desde bien jovencitos se han buscado la vida
solos, todos, los siete, y cuando los hemos necesitado, han estado ahí. Nos
ayudaron a buscar el piso cerca de ellos, cuando decidimos salir del pueblo
porque ya no quedaba casi nadie, y si no es por ellos… Cómo tú y yo habríamos
podido meternos en ese jaleo.
– Pero
yo lo pagué, bueno nosotros.
Ella
hace que no ha oído ese “YO”, al corregirse él. Ese tema ya quedó zanjado en
otras discusiones. Pero no consiente que ponga en duda la buena disposición de
los hijos, aunque no tiene gana de enfrentamientos le recuerda cómo son.
–
Estoy muy orgullosa de ellos, de los nietos, y de los biznietos.
-¿No
crees que podrías confiar un poco en ellos? Han demostrado ser buenos chicos, y
ganarse la vida honradamente.
– Sí, cómete de vista al marido de ésta, la Charo, que mucho respeto que parece que demuestra. Pero lo tengo “calao”,
que no me traga, ahora que lo mismo se lleva.
– Ay
Marciano, ya va siendo tiempo de que confíes un poco, y digas a los hijos el
dinero que tenemos y dónde guardas los documentos. Por si necesitamos que
tengan que arreglar papeles, que nos puede pasar algo cualquier día y hay que
facilitarles las cosas.
–
¡Pero qué dices! Con noventa años voy a necesitar que mis hijos lleven mis
papeles. Me sobro y me basto, cuando sea más mayor y no me funcione la cabeza,
ya me lo pensaré.