EMPACHO
Él le
pasa el brazo amorosa y posesivamente alrededor de la cintura, y como al descuido, apoya la mano en su nalga izquierda, anticipando una caricia, deseando
llegar a casa para en la intimidad
abrazarla y demostrarle todo lo que la quiere, la desea y la necesita.
Laura es su vida. Se pasa el día mirando el reloj, para ver cuándo acaba la
jornada de trabajo e ir a buscarla para volver a casa juntos de nuevo.
Ella se
ha dado cuenta de su maniobra y con disimulo, como si fuese a colocarse bien la
chaqueta, ha retirado su mano ¡Está harta! Todo era bonito al principio, le
gustaba Mario. Se sintió halagada cuando
le regaló los bombones el primer día que se acostaron y le dijo que ella le
gustaba más que el chocolate de esa caja.
Hasta le quería, o eso creía, pero ahora después de un año de
convivencia, está agobiada, cansada de oírle decir que es un bombón, desnudarla
y tomarla cada día como si fuera un nuevo sabor que no se cansa de probar. La
lame por todos los sitios, su pecho: chocolate con menta, su vientre con sabor
de almendras, sus ingles, saben a fresa y limón y así… Todos los sabores de la
caja de bombones que para él es su cuerpo. ¡Está asqueada, ya le da repugnancia
sentir su saliva!, y se frota cuando se ducha tratando de quitarse el olor que nota que se desprende de su boca y parece
pegársele como si realmente fuera de bombón. ¡Qué empacho! Ahora ya la humedece
con su saliva cada vez que se ven, hasta cuando la besa en la cara, con un beso
casto, tiene que dejarle el “rastro”.
Pero
esta noche le tiene una sorpresa preparada, se marchará dejándole una caja de
bombones vacía con una nota: “Ya se han
acabado los bombones, amor”.